Referencias agustinianas en la encíclica “Magnifica humanitas”
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P. Juan Antonio Cabrera Montero, OSA

La primera encíclica de León XIV, apenas publicada, constituye un paso más en el desarrollo de la doctrina social de la Iglesia, inaugurada hace ahora 135 años por León XIII. El deseo del Santo Padre es que los cristianos se conviertan “en tejedores de esperanza en nuestro mundo, compartiendo lo que somos y lo que tenemos, para que la presencia de Jesús crezca entre nosotros y su Reino tome forma” (n. 245). El carácter marcadamente antropológico y social no prescinde, por tanto, de una referencia continua al mensaje evangélico y a la tradición de la Iglesia. En estas breves líneas, no entraremos en el análisis de las numerosas propuestas –gran parte de ellas novedosas– que nos ofrece el texto. Nos centraremos únicamente, por su interés, en las referencias agustinianas que aparecen en la encíclica.
El documento arranca con una imagen, desarrollada y profundizada en diferentes lugares del texto, que al lector de san Agustín le sonará familiar: la oposición entre dos tipos de ciudad/civilización y la disyuntiva ante la que se encuentra el hombre, o bien construir una nueva Babel, o bien reconstruir Jerusalén. Dos modelos, dos

posibilidades ante las que la humanidad puede o debe elegir. Es un tema presente y recurrente en el pensamiento agustiniano, aunque literalmente el Papa no hace referencia explícita a San Agustín en esta parte introductoria. Sí aparece, poco más adelante, una primera cita agustiniana. En el número 11, refiriéndose justamente a la construcción de la ciudad centrada en el bien común y no en la idolatría del lucro que sacrifica a los débiles, el Papa señala una de las características fundamentales de la antropología agustiniana: la felicidad humana puede ser satisfecha solamente en Dios hacia quien toda persona debe orientarse «porque nos has hecho para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en ti» (conf. 1,1,1). Esta conocidísima frase refleja lo que Agustín, desde sus primeras obras, indica como deseo propio y común a todo cristiano: conocerse a sí mismo y conocer a Dios (cf. sol. 2,1,1; conf.10,1,1). Pasar, lógicamente, de un conocimiento ontológico a uno existencial, donde la fe, la razón y la vida encuentren una común armonía que permita la plena realización de la persona y, con ella, de la sociedad a través, siempre, de la colaboración entre la naturaleza humana y la gracia divina. Esta vocación de plenitud está inscrita en la propia naturaleza humana, creada por y para Dios, inicio y fin de toda vida que quiera ser plenamente feliz.

Avanzamos hasta el número 129 para encontrar la siguiente referencia agustiniana. Tras haber realizado una síntesis de los fundamentos y principios de la doctrina social de la Iglesia en el segundo capítulo de la encíclica, el capítulo tercero está dedicado a la dialéctica entre la técnica y el dominio que ocupa el desarrollo de la vida humana. Tras la descripción de un nuevo paradigma (i.e. la inteligencia artificial) que potencialmente afecta a amplias áreas no solamente sociales sino también y principalmente antropológicas, el Santo Padre pone el acento sobre la clave para elegir el tipo de civilización que queremos construir: el amor. Lo que había sido presentado implícitamente en la introducción, lo encontramos ahora expresado de manera directa, realizando una exégesis agustiniana de la imagen del Génesis, Babel, y de Nehemías, Jerusalén. En efecto, «San Agustín describe la historia humana como un lugar de lucha entre dos amores, que han construido dos modos de habitar el mundo y de convivir, dos “ciudades”: por un lado, el amor a Dios y al prójimo; por otro, únicamente el amor a sí mismo. “Dos amores han dado origen a dos ciudades: el amor de sí mismo hasta el desprecio de Dios, la terrena; y el amor de Dios hasta el desprecio de sí, la celestial”. [ciu. 14,28] Como en toda la historia humana, también hoy estos dos amores luchan en nuestro corazón por el predominio.

El tiempo de la IA no escapa a esta regla: la construcción de Babel o la de Jerusalén comienza en cada uno de nosotros» (n. 129). Agustín se refiere explícitamente a Babel en numerosos pasajes de sus obras, no así, directamente, a la reconstrucción de Jerusalén tal y como la transmite Nehemías. De hecho, en época patrística este libro, aunque conocido y citado, si bien en raras ocasiones, era considerado a menudo como el segundo libro de Esdrás. Habría que esperar a uno de los últimos Padres occidentales, Beda el Venerable (ss. VII-VIII), para encontrar el primer comentario específicamente dedicado a este libro del Antiguo Testamento.
Una vez determinada cuál es la clave que permite la elección justa, la encíclica, en su capítulo cuarto, presenta cómo ha de custodiarse lo específicamente humano en toda época de transformación. Lo hace a través de la reflexión sobre numerosos aspectos que afectan y configurar la vida humana: la verdad, el orden político, la comunicación, la educación, el trabajo, la economía, la familia, la libertad y la esclavitud, entre otros.

En el capítulo quinto, último de la encíclica, referido a la cultura del poder y a la civilización del amor –tantas veces invocada por Juan Pablo II–, el Santo Padre incorpora la tercera cita agustiniana. Lo hace, en el n. 215, refiriéndose a uno de los temas que está marcando el pontificado de León XIV desde el primer momento: la construcción de la paz. Paz que, para ser tal, requiere necesariamente la justicia. Así, comentado el salmo 85, «la justicia y la paz se besarán», Agustín afirma: «Nadie hay que no desee estar en paz, pero no todos quieren practicar la justicia. […] Pero tú debes practicar la justicia, ya que la paz y la justicia se besan, no están en discordia. Y tú, ¿por qué no estás de acuerdo con la justicia? Por ejemplo, te dice la justicia: no robes, y tú no le haces caso; no cometas adulterio, y te haces el sordo; no hagas a otro lo que tú no quieres que te hagan; no comentes de otros lo que no quieres que comenten de ti. […] ¿Quieres encontrarte con la paz? Practica la justicia» [en. in Ps. 84,12].

Se trata, en este caso, de un texto tomado de un sermón, por lo que la exhortación adquiere, también retóricamente, un tono de especial relevancia. No basta con saber qué debe hacerse, es necesario actuar. Gran parte de la producción literaria de los Padres de la Iglesia es fruto de su acción pastoral, como guías y animadores de la comunidad cristiana. La transmisión de los contenidos de la fe y la ética cristianas está naturalmente complementada por una invitación a la materialización práctica de los mismos.

Ya en la conclusión de la encíclica León XIV presenta otra de las características fundamentales de la doctrina social de la Iglesia. El cristiano, cuando se ocupa y preocupa por el mundo y sus circunstancias, cuando busca solución a los problemas, cuando se empeña por proponer una nueva forma de habitar esta tierra, lo hace anclado en Cristo. Cristo, no obstante, no se entiende como algo abstracto, como alguien que simplemente predicó y nos dejó un ejemplo. Si algo nos enseñó con su vida, es más, si en algo sigue instruyéndonos desde entonces, es precisamente a vivir en comunión con Él y con los demás. La actualización más real de esa unión entre los hombres y Cristo se encuentra en la Eucaristía, motor de toda actividad cristiana. Precisamente este aspecto es con el que el Santo Padre concluye su encíclica: todo el bien que los cristianos pueden realizar en y por el mundo nace de la comunión entre la Iglesia y su Cabeza, Cristo. En la raíz de toda acción cristiana que se precie como tal, ha de estar presente Cristo: «Lo que vemos tiene aspecto corporal; lo que entendemos, fruto espiritual. Por tanto, si quieres entender el cuerpo de Cristo, escucha al Apóstol que dice a los fieles: Vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros (1 Co 12,27). En consecuencia, si vosotros sois el cuerpo de Cristo y sus miembros, sobre la mesa del Señor está puesto el misterio que vosotros mismos sois: recibís el misterio que sois vosotros. A eso que sois, respondéis “Amén”, y al responder (así) lo rubricáis. Escuchas, pues: “Cuerpo de Cristo”, y respondes: “Amén”. Sé miembro del cuerpo de Cristo, para que tu “Amén” responda a la verdad» [s. 272].

El alimento que ofrece la Eucaristía es Cristo mismo, recibiendo lo que somos perpetuamos la presencia del Redentor en la propia persona, en la Iglesia y en la sociedad. La última referencia agustiniana, en el número sucesivo, sintetiza este mismo mensaje con la genialidad estilística de S. Agustín a través del lema episcopal de León XIV ya numerosas veces comentado: en Aquel que es uno, somos uno («in Illo uno unum», en. inPs. 127,3).
El papa León XIV exhorta, pues, a la Iglesia a renovar su compromiso con el mundo a través de numerosas propuestas de carácter cultural, económico, político, técnico y social que poseen una característica común: toda acción eclesial nace del deseo de reconstruir la ciudad que Dios quiso para el hombre, articulada en la unidad e instituida en el amor, en el propio Cristo.

Juan Antonio Cabrera Montero, OSA. Fraile/sacerdote de la Orden de San Agustín. Tras completar sus estudios de Biblioteconomía y Documentación en Madrid, se doctoró en Teología y Ciencias Patrísticas bajo la dirección de los profesores H. Drobner y M. Simonetti, especializándose en la cristología de Julián de Toledo, en el Pontificio Instituto Patrístico Augustinianum en 2014. En el Augustinianum, también ejerció como bibliotecario de 2005 a 2016, profesor —primero adjunto y luego catedrático— desde 2009, vicepresidente de 2016 a 2024 y rector desde 2024. Imparte clases en la Accademia Alfonsiana desde 2021 y en la Pontificia Universidad Lateranense desde 2024.





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