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Panamá - Costa Rica: frailes de la Provincia Agustiniana del Sagrado Corazón de Jesús celebran los Ejercicios Espirituales

  • Apr 18
  • 2 min read

Ante una profunda crisis antropológica, marcada por la pérdida de identidad y la ruptura de vínculos fundamentales como la paternidad, la filiación y la fraternidad, la Madre Prado, del Monasterio de la Conversión (Ávila, España), propuso a los frailes Agustinos de Panamá un retorno al fundamento esencial de la existencia humana: el reconocimiento de ser hijos, a contemplar la filiación que tenemos como hombres de Dios, y como hijos de Dios en el bautismo.

 

Desde esta perspectiva, la identidad no se construye desde el hacer, el éxito o las seguridades externas, sino desde la experiencia originaria de saberse amado por Dios. Por ello el bautismo muestra la muerte, de estar sepultados con Cristo, pero también es el nuevo nacimiento para dar vida. Dios nos reconoce como sus hijos y desde esta perspectiva él nos levanta, nos eleva.

 

El bautismo de Jesús revela esta verdad central: solo quien acoge su condición de hijo puede afrontar las tentaciones, como son  la búsqueda de seguridad, búsqueda de reconocimiento y búsqueda de poder. Por ello, el volver al inicio de nuestra filiación con Dios es mantener la esencia y mantenernos en la única invitación de Cristo: el camino y la vivencia de la Cruz. Desde aquí, se inicia un camino hacia la interioridad, donde la soledad y el silencio dejan de ser un vacío para transformarse en un espacio de encuentro.

 

La Madre Prado indicó que nuestra verdadera dignidad de ser elevados comienza cuando somos capaces de descender como lo hizo el Maestro al servicio de sus discípulos.  Solo quien reconoce descender hasta el servicio y entrega de los demás, podrá comprender la elevación en la cruz como le hicieron con Jesús.

 

La elevación de Cruz supone ver el rostro del verdadero Hijo Amado a quien debemos escuchar. En esta imagen de la cruz está la plenitud de Cristo, quien pasa de la transfiguración de un monte alto a un rostro desfigurado a la altura del Calvario. En este rostro se revela el aQmor verdadero.  Esta es la entrega generosa, la permanencia en el amor.

 

Finalmente, la resurrección confirma que solo quien permanece en el amor, viviendo desde la conciencia de haber sido amado, puede alcanzar una vida plena, fecunda y libre, capaz de transformar su existencia y la de los demás, porque la espiritualidad invita a dar la vida y generar vida.

 

(Fr. Edwin Ramos, abril 2026).



 
 
 
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