FRAY FRANCISCO, apóstol de la sencillez y de la misericordia
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Ā«La santidad se mide por la estatura que Cristo alcanza en nosotros, por el grado en que, con la fuerza del EspĆritu Santo, modelamos toda nuestra vida segĆŗn la suya. Es ser semejantes a JesĆŗs...Ā» (Benedicto XVI, 13 de abril de 2011).
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La estatura que Cristo alcanza en nosotros. La santidad. Palabras que, lejos de quedarse en un mero impulso emotivo, se hacen carne en los hombres fieles que han sabido hacer fructificar su bautismo y dar frutos de santidad.
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Podemos aplicarlas con plena propiedad al siervo de Dios fray Francisco Cantarellas Ballester, religioso profeso de la Orden de San AgustĆnĀ (1884ā1968). Nació en Muro (Mallorca, EspaƱa), el 15 de agosto de 1884. Concluido su aƱo de noviciado, profesó como fraile agustino en el Real Monasterio de El Escorial el 29 de septiembre de 1909.
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Destinado al convento de Palma, se entregó con generosidad ejemplar a los trabajos propios del convento, de la iglesia y del colegio. Durante los aƱos en que el colegio de Palma permaneció cerrado, trabajó tambiĆ©n en la sacristĆa de la basĆlica de El Escorial y en el Colegio San Pablo de Madrid, en la calle Valverde. En 1926 regresó a la comunidad de Nuestra SeƱora del Socorro, en Palma de Mallorca.
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Murió el 22 de abril de 1968, a los 83 aƱos, lleno de la sencillez y la humildad con que habĆa vivido: verdadero apóstol de la sencillez evangĆ©lica.
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Los testimonios de la Causa de beatificación y canonización, ya en fase romana, dan fe de esa estatura de Cristo en el Siervo de Dios: Ā«me enseñó a rezar... me preparó para la Comunión... daba a los pobres el pan que conseguĆa... era un hombre perfecto... enamorado de la Virgen MarĆa... todo el barrio le querĆaĀ».
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Han pasado ya 58 años desde que terminó su vida terrena nuestro hermano, el Siervo de Dios fray Francisco Cantarellas Ballester. Su ejemplo sigue iluminando a la comunidad y a los fieles del convento y de la iglesia de Palma de Mallorca. Supo modelar su vida según la de Cristo.
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Recemos por su pronta beatificación y canonización y, alentados por un testimonio tan lleno de actualidad, vivamos el carisma de san AgustĆn con gozo, sencillez y fidelidad.
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