San Agustín, rasgos de un personaje actual
- 18 sept
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Actualizado: 22 sept

De vez en cuando, se suele repasar la trayectoria de algún personaje histórico, y se pretende ver el modo de trasladar sus facetas y sus características a nuestros días. La cuestión estriba en si este esfuerzo es una simple manera de aproximar su memoria, o si bien, por el contrario, nos encontramos con aquello que Erasmo de Rotterdam decía de Tomás Moro: vir omnium horarum («un hombre para toda ocasión»). La frase de Erasmo, vertida al inglés como a man for all seasons, sirvió al dramaturgo Robert Bolt para una obra de igual título que él mismo ayudó a trasladar a la gran pantalla, de manos de Fred Zinnemann. En este caso, Moro, respondiendo de manera plena a los desafíos de su época, ha acabado trascendiéndola.
Si hablamos de San Agustín, nos hallaremos con una situación de vir omnium horarum. E, inspeccionando desde el siglo XXI, las semejanzas que podemos observar entre su vida y la nuestra resultan numerosas. Por un lado, ambas épocas muestran una intensa transformación religiosa; el siglo IV y V es el paso definitivo del paganismo al cristianismo en las sociedades europeas antiguas. Hoy parece que se da el tránsito inverso. Pero, tanto entonces como ahora, hay quienes acusan al cristianismo de los males presentes; en aquellos tiempos, los que seguían fieles a la religión tradicional romana argüían que la decadencia del Imperio y las invasiones bárbaras eran un castigo de los dioses, en tanto que el pueblo romano había renegado de sus cultos ancestrales para convertirse a la fe de los apóstoles. Hoy, el argumento se ha transmutado, pero insiste en interpretar el cristianismo como motivo de atraso, ignorancia y fanatismo, ya sea en cuestiones como la defensa de la vida, o bien en lo relativo a asuntos tan dispares como moral sexual , investigación en células madre o lucha contra la pobreza.
A Agustín, al igual que varios personajes de la Antigüedad —sobre todo, cristianos— no se lo conoce por su ciudad natal, sino por otra localidad que resultó de gran relevancia en su desarrollo biográfico, como Semónides de Amorgos, Apolonio de Rodas, Clemente de Alejandría, Ireneo de Lyon, Paulino de Nola, Nicolás de Bari… o Jesús de Nazaret. Algo que no nos suena ajeno, en una época de movilidad, y donde parece importar más el lugar o el entorno donde nos desarrollamos que el pueblo donde la cuna nos meció por primera vez. Entre los excesos del cosmopolitismo y el globalismo, y la necesidad de arraigo, así como la amenaza del nacionalismo y la xenofobia, la biografía de Agustín y de muchos de sus coetáneos puede resultar ilustrativa. Porque en la vida de Agustín se observa el empeño personal por localizar cuáles son las auténticas raíces. Era africano y romano, cristiano y también heredero de una tradición gentil que se replanteó en muchas ocasiones.
El debate que sostuvo Agustín entre el «hombre viejo» y el «hombre nuevo» se aprecia en muchos niveles. Sus coetáneos Paulino de Nola —como Agustín, aclamado por la comunidad para el Orden ministerial—, san Jerónimo —que recibe del papa Dámaso el encargo de una edición revisada y rigurosa de la traducción latina de la Biblia— o Ausonio también se preguntaron hasta qué punto ser cristiano debía implicar olvidarse o integrar el legado del mundo en que vivían y que se había forjado dentro de unas concepciones religiosas diferentes. No en vano, el cristianismo se empezó a poner por escrito, en la propia etapa apostólica, en lengua griega; Pablo y Lucas no sólo aplicaron la tinta de sus cálamos a papiros griegos, sino que demostraron un alto grado de helenización. Y cabría plantearse, como haría por aquellos tiempos Eusebio de Cesarea, si la helenización del mundo antiguo, bajo el dominio de los emperadores romanos, fue precisamente lo que permitió que el Evangelio arraigara y creciera en aquellas comunidades alejadas de un Templo que acabó destruido una generación después del Gólgota. En este sentido, Agustín y sus contemporáneos no sólo nos continúan iluminando por sus respuestas, sino por el modo que tenían de hacerse preguntas.
Porque de una cuestión se enlaza con otra; al inspeccionar las Confesiones, ¿no entendemos la relación que hay entre el terror con que Agustín recuerda la disciplina escolar —al igual que Jerónimo, imita al calagurritano Quintiliano asumiendo que la educación debe ser motivación y no castigo—, por un lado, y su amor por la cultura, por otro lado? De igual manera que su regla monástica no se postula como una ociosidad contemplativa, sino como un trabajo externo e interno. «¡Coge, ponte a leer!». Sin aventurarse afuera, no se retorna adentro. Sin la experiencia personal, no se asimila a los clásicos; sin la disputa con el hombre pecador que se es, no se alcanza la reconciliación con el Dios que perdona. El mismo Agustín que padecía los castigos de los maestros es el que ha insistido tanto en la importancia de la formación y el estudio.
Sin embargo, quizá sea la importancia de la experiencia personal en San Agustín lo que mayor impacto pueda provocar en nosotros. Porque sus Confesiones no son un blog, no es una cuenta de Instagram ni un perfil de red social. En estos tiempos de selfie y a menudo de obscenidad a la hora de exhibirse, el tono y el sentido de las Confesiones, de sus cartas y de gran parte de su obra, son un contrapunto al estilo desnortado y narcisista en que a veces decae nuestra cultura. Porque el de Tagaste indaga en el sentido exacto de la propia existencia, sin arrancar las emociones ni la hondura de los sentimientos, pero tampoco cimentando en ellos como fundamento exclusivo. Agustín inspecciona el sentido del pecado, del pecado original; y su trayectoria personal es lo que conduce a la noción de misericordia; sin ese recorrido personal, no se entiende la irrupción de Dios en cada vida. Lo cual, siendo «objetivo», requiere de la conexión subjetiva. Porque sólo desde la identidad personal se llega al encuentro con ese Dios que es triplemente personal, por decirlo de una manera que no logramos entender, como tampoco Agustín. Sin duda, en tiempos de Inteligencia Artificial, la visión antropológica de Agustín puede ayudarnos a saber discernir qué hemos de seguir empeñados en no delegar en una máquina.
Una vez aquí, se comprende mejor su mirada sobre la Ciudad de Dios y la Ciudad del Hombre y, en especial, su forma de orientar esta vida hacia una paz y una justicia basadas en la caridad. «Dios, como maestro, le ha enseñado al hombre dos preceptos fundamentales: el amor a Dios y al prójimo. En ellos ha encontrado el hombre tres objetos de amor: Dios, él mismo y el prójimo. Quien a Dios ama no se equivoca en el amor a sí mismo», leemos en la traducción de La Ciudad de Dios (libro XIX, capítulo XIV) a cargo de Santos Santamarta del Río (OSA) y Miguel Fuertes Lanero (OSA).
En su vida y en su amplia predicación, Agustín habla de la atención a los pobres, y de cómo Dios no quiso que «el hombre dominara al hombre», pues, según su parecer, la esclavitud deriva del pecado, que es la peor de las esclavitudes. No resulta, por tanto, casual, que el primer papa agustino haya tomado como nombre León, el pontífice de la justicia social. Porque, si los dos siglos en que vivió Agustín fueron los de Constantino y Teodosio, la división del Imperio en Occidente y Oriente, y el saqueo de Roma —de mano de Alarico; luego vendrían tres más entre el siglo V y el VI—, los nuestros son los siglos del comunismo y del capitalismo, de la China de Xi Jinping, de Trump, de Putin, de Elon Musk y de la deslocalización que imponen grandes empresas digitales. ¿Será providencial que el papa León sea matemático, agustino, estadounidense y, a la vez, ciudadano del «Sur Global»?
Y es que, si bien Agustín habla de que este mundo es «una vida extranjera» en espera de la Ciudad definitiva y celeste, no se desentiende de las realidades de este mundo y de las responsabilidades inherentes a él. Tomando como modelo aquel Reino al que aspiramos, procura involucrarse en lo emborronado de este mundo «caduco», a pesar de la «limitación de la inteligencia humana». Porque únicamente por medio del tránsito por este mundo se puede alcanzar el otro, gracias a «un orden armónico entre pensamiento y acción». Continuamos leyendo La Ciudad de Dios: «Esta ciudad celeste, durante el tiempo de su destierro en este mundo, convoca a ciudadanos de todas las razas y lenguas, reclutando con ellos una sociedad en el exilio, sin preocuparse de su diversidad de costumbres, leyes o estructuras que ellos tengan para conquistar o mantener la paz terrena. Nada les suprime, nada les destruye. Más aún, conserva y favorece todo aquello que, diverso en los diferentes países, se ordena al único y común fin de la paz en la tierra» (libro XIX, capítulo XVII).



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