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H. Eduardo Ramírez, profeso en Valladolid: “Hoy tengo la certeza de que Dios quiere que sirva a su Iglesia al modo de san Agustín”

  • hace 1 día
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El hermano Eduardo Ramírez Olid, natural de Olvera, Cádiz (España), nos narra desde Valladolid su proceso de formación, sus luces y sombras, el día a día del profesorio y su itinerario vocacional dentro en la Orden de San Agustín.  


 ¿En qué momento experimentaste que Dios te llamaba a ser agustino?


En mi caso mi camino vocacional comenzó en el seminario diocesano, y jamás se me había pasado por la cabeza ser religioso, y mucho menos agustino (porque en mi zona no hay agustinos, no sabía que existían). Fue a raíz del COVID, compartiendo con los demás seminaristas ese tiempo de “reclusión”, con una convivencia más intensa, donde se despertó en mí una inquietud por vivir en comunidad. Y el Señor puso en mi camino a un fraile que me mostró quiénes eran los agustinos, cuál era el carisma, y me invitó a tener una experiencia con ellos. A partir de ahí se despertó en mí ese deseo de ser agustino como una respuesta a la llamada personal que Dios me hacía, a caminar junto a unos hermanos buscando a Dios, profundizando interiormente en lo que me pedía.

Ese deseo inicial se ha ido conformando poco a poco, en el día a día, como una respuesta diaria que va configurando la propia vida. Y esa inquietud inicial ha sido también confirmada por la Orden, con la admisión al noviciado, a la primera profesión, y, cuando llegue el momento, a la profesión solemne. Hoy tengo esa certeza de que Dios quiere que sirva a su Iglesia mediante esta vocación concreta, siguiendo el modo de san Agustín.


¿Cómo es el día a día en el profesorio?


Nuestro día a día va al ritmo de la comunidad. Comenzamos la mañana teniendo laudes y misa, seguido del desayuno. Hay algunos días que la misa la tenemos por la tarde, por lo que solemos hacer un tiempo de meditación/oración junto con laudes. A lo largo de la mañana cada uno se prepara un horario para aprovechar el tiempo para el estudio personal, y nos volvemos a encontrar a mediodía para rezar la hora intermedia e ir a almorzar. Después de la comida tenemos un tiempo que llamamos de recreo comunitario o café, donde podemos compartir con los hermanos sobre el estudio, el día a día, etc. A las cuatro de la tarde comienzan las clases en el Estudio Teológico, que finalizan a las ocho, donde se profundiza en las distintas áreas que tiene la teología: desde los primeros cursos con contenido filosófico, el curso intermedio donde se llevan a cabo introducciones a las distintas materias teológicas, y lo que llamamos el ciclo, donde se profundiza en las distintas áreas como Sagradas Escrituras, Moral, Antropología Teológica, Derecho Canónico, etc.



Una vez terminadas las clases tenemos el rezo de Vísperas, acompañado de un tiempo de oración/meditación, la cena, y el recreo, donde en ocasiones aprovechamos para jugar a las cartas, damas, ajedrez, dominó… Una vez terminado el recreo, cada hermano se va a su habitación a continuar con el estudio personal hasta la hora de dormir -aunque depende un poco de cada persona- sobre las once y media.

¿En qué etapa de tu camino hacia el sacerdocio estás?


Pues me encuentro en los últimos años de lo que llamamos votos simples. Son los votos de obediencia, castidad y pobreza que se van renovando cada año. Esta etapa, podríamos decir, finaliza con la profesión de votos solemnes y con la ordenación diaconal. Después del diaconado, tras un tiempo para ejercitar ese ministerio, vendría la ordenación sacerdotal. Es un momento para continuar profundizando en el carisma agustino de cara a abrazar los votos de forma definitiva, para toda la vida, respondiendo a ese llamado de Dios con alegría y libertad.


¿Qué es lo que más te cautiva de tu vocación?


Hay muchos aspectos que me cautivan de mi vocación, pero si debo destacar alguno sería por un lado la parte personal de poder profundizar y transmitir lo que uno ha recibido, de llevar a Jesús a los demás, y hacerlo de una forma muy especial: mediante los sacramentos, actuando como sacerdote “en nombre de Cristo”. Y, por otro lado, que esta tarea no se realiza de forma aislada, sino que la búsqueda de Dios para poder transmitirlo mejor es compartida, caminando con otros hermanos, con un solo corazón y una sola alma. Eso da un sentido muy profundo a todo. Es una vocación hermosa, que implica salir al encuentro del otro, del que vive en comunidad, estar pendiente de sus necesidades, compartir sus alegrías y ayudarle a cargar con sus dificultades.



¿Qué es lo que te resulta más difícil?


Sin duda aprender a salir de uno mismo cada día: dejar seguridades, aceptar los propios límites, y crecer en la paciencia, especialmente en la convivencia cotidiana. Conforme se va fraguando la vocación van apareciendo dificultades, pero también es parte del proceso irlas afrontando y aprender a tener paciencia con uno mismo.


¿Por qué animarías a otros chicos de tu generación a hacer este camino?


Porque es una aventura que vale la pena. Nos encontramos en medio de un mundo de tanta prisa y ruido, donde las relaciones van siendo superficiales, y cada uno tiene que remar su propia canoa, la vocación agustiniana ofrece una visión distinta, que llena la vida de profundidad, sentido, alegría verdadera y un amor que se comparte. Si algún chico me plantea que siente la inquietud le invitaría a venir y conocer cómo vivimos. Porque quizás esa primera inquietud sea la forma en la que Dios le invita a vivir tu vocación particular. Y sólo respondiendo a esa vocación divina es como será plenamente feliz. Porque Dios pide que uno ponga todo, pero da mucho más de lo que uno puede imaginar.



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