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El “monasterio verde” de la montaña sagrada: ¿Cómo viven las monjas de Rossano Calabro?

En el verano del 2009, un grupo de Monjas de la Orden de San Agustín partieron del Eremo de Lecceto, a las afueras de Siena, para instalarse en la diócesis de Rossano-Cariati y fundar, a petición del obispo local, una nueva comunidad que hiciera palpable la presencia viva de Jesucristo en la oración y en la vida fraterna. Tras diez años en una casa cedida por la diócesis de manera provisional, el 28 de agosto del 2019 inauguraron definitivamente el Monasterio de San Agustín. Situado en la montaña de Rossano, se yergue este lugar pensado para la vida contemplativa como un centinela en las tierras infinitas de la campiña calabresa. Un lugar, en definitiva, para disfrutar de la comunión con la belleza del Creador.



En lo alto de la montaña sagrada de Rossano, ocupada en otro tiempo por los monjes basilios que huyeron de los territorios del Imperio Bizantino para refugiarse de la furia iconoclasta, se encuentra la fundación monástica más joven de Italia y la primera femenina de la Orden de San Agustín en todo el sur del país. Entre los muros del monasterio, resultante de la reestructuración del antiguo seminario estival de la Diócesis, frente a las escarpadas costas del mar Jónico, una pequeña comunidad de cinco hermanas vive una vida de oración y recogimiento como una llamada al recuerdo del primado de Dios en la vida de cada hombre.


La construcción del monasterio, realizada en parte a través de donaciones recibidas por crowdfunding (un sistema de micro pagos digital) ha sido un acontecimiento en toda la provincia de Cosenza, pues como ellas mismas afirman, "se trata de una casa ecológica a la vanguardia del cuidado de la casa común, donde la belleza y la comunión con lo creado son el centro de todo". De hecho, ya desde el principio de las obras de remodelación decidieron aislar el monasterio con mantas térmicas y colocar paneles solares para autoabastecerse de energía. Pero si algo ha cautivado a los numerosos visitantes que reciben cada día en la comunidad de Corigliano-Rossano es el proyecto del jardín botánico (o “jardín de lo Esencial”, como se le conoce), cuya misión es despertar en los corazones la nostalgia de la belleza del Creador y al mismo tiempo propiciar un encuentro con el otro y con la naturaleza.



El jardín está, todavía, en proceso de florecimiento. De hecho, en toda fundación monástica se requiere un espacio de terreno árido que pueda ser arado, trabajado y cultivado, como una imagen del corazón de cada persona y el proceso que experimenta a medida que se produce su acercamiento a Dios, único lugar de su reposo. El trabajo de la tierra, además, es un signo vivo y explícito del amor por esta tierra, por este lugar concreto que acoge a las hermanas, en el que se sienten huéspedes y, al mismo tiempo, responsables de cuidarlo y de admirar su belleza. Por ello, a las más de 30 variedades de plantas, flores y árboles de diferentes lugares, se le sumará la construcción de una hospedería para poder poner al servicio y compartir con cada visitante o peregrino este modo de vida agustiniano.


Las hermanas compaginan en su día a día la vida de oración con el trabajo manual, principalmente las artesanías con cerámica, que, al fin y al cabo, es una manera más de trabajar la tierra. Como ellas mismas dicen, “comenzamos el día pidiendo al Señor que abra nuestros labios, como la vida del hombre, que nace de Dios, y por la noche nos abandonamos en el corazón de Dios, entregando a él el silencio, el sufrimiento, que quiere abrazar todos los sufrimientos de la humanidad, como la madre que sufre por los llantos del hijo y se despierta por Él”. Y es que, ciertamente, la vocación monástica lleva consigo un deseo inmenso de darse totalmente a Dios y a los otros.



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